Algo de nuestra historia...



Los salesianos como Congregación de inmigrantes en nuestra tierra, se han caracterizado siempre por los viajes de una casa Salesiana a otra.

En los sucesivos meses de febrero de mi vida en el Colegio, momento en el que tradicionalmente se producen las mudanzas de salesianos, no era raro ver una serie de baúles en la portería, que pertenecían al salesiano que se iba o llegaba a formar parte de la Comunidad.

Desde las páginas que siguen, los invito a jugar con la imaginación; a recorrer parte de nuestra rica historia, desde un imaginario baúl, lleno, de rostros, de vida, de trabajo anónimo hecho con el corazón, de acontecimientos: el baúl de los recuerdos de Maturana.

Casualmente, la tapa del baúl está abierta, quizá como símbolo de lo que es el Colegio. Un colegio de puertas abiertas, un Colegio ‘24 horas’. Porque es una característica de toda casa Salesiana:

Casa que recibe, que permite ingresar a ella cuando es necesario, porque a pesar del portero eléctrico (tema al que nos llevó la inseguridad de nuestras ciudades) al ingreso al Colegio siempre hay un rostro, una persona que nos recibe.

Dentro del baúl, veo una gran cantidad de cajas, dentro de las cuales, celosamente guardados, se encuentran recuerdos de los miles de seres que han compartido y dejado parte de su vida en el predio que otrora fuera testigo de los albores de un Club deportivo, que por algo lleva los colores del Vaticano.

Allá en el fondo, hay una caja con mucho polvo, hace mucho que no se la abre, al ver en su interior, descubro fotos de la casa de la Calle Maturana (de 1907) y del viejo Templo (del año 1923).

La casa que albergó a los alumnos del comienzos del siglo pasado, cuando un pequeño número de alumnos, se nucleaba junto al P. Marino Guerra, primer Director. Veo también una foto con la imagen de Nuestra Señora del Rosario, imagen que se bendice el día que se instala el nuevo Colegio: 13 de octubre de 1907.

Cierro la caja, contiene tesoros, reliquias, que sin duda no van a verse nunca más. La mayoría de los que vivieron y compartieron sus vivencias en esta casa, ya no están entre nosotros, forman parte de nuestra más genuina historia. Con la veneración por los ancestros que cimentaron nuestra vida, coloco la caja en el fondo del baúl, con el cariño del corazón agradecido.

Veo otra caja que tiene años de construida, pero que es notoriamente más nueva.

Al abrirla veo una serie de pequeños cofres, con formas diferentes, y me siento tentado a abrirlos todos.

Uno de ellos tiene forma de ombú. Por lo original lo abro, y siento ruido de patio, veo chicos trepando a un ombú, veo sólo varones que juegan a su alrededor, que se sientan a comer la merienda. Veo bolitas de vidrio con las cuales se juega al «montoncito de a cuatro», «a pegarle a la bochona», «a tirar la pirámide de 10» , son verdaderos puestos que se ubican alrededor del ombú, y van por detrás de la cancha grande hasta el fin del edificio casi sobre la calle Buricayupí. Veo jugar a la bolita (hoy juego en desuso) utilizando las perforaciones del tronco del ombú para hacer «el hoyo», punto de partida y de llegada de dicho juego.

Cada tanto, algún trompo, no muchos.

Y lo que sí escucho mucho, es el bullicio de

las pelotas de fútbol de goma (rojas, verdes, negras) las que se identifican por el color y el número de parches.

Me llama la atención que mirando el patio, las baldosas de piedra están un poco levantadas, y dicho problema se extiende al corredor y salones de clase de planta baja. Esta constatación, es la partida de defunción del viejo ombú.

La copa cayó en silencio, un domingo, entre la misa de 10 y 11.30. Lo vi caer. La obra estuvo a cargo del P. Miguel, (el tío Miguel como le decíamos). Una cuerda, un hacha y dos alumnos de liceo.

El resto de su cuerpo se fue despedazando de a poco, entre la alegría de los niños que jugaban con su blanda corteza, y la nostalgia de los mayores.

El ombú cayó entre críticas y explicaciones. Hoy es un recuerdo, y como tal lo vuelvo a su lugar...

Hay dos cajas que son complementarias y parecerían tener movimiento.

Una tiene más tiempo de fabricada que la otra. Tienen fechas diferentes.

Una dice "1907", la otra "1985". Al abrirlas encuentro los destinatarios centrales de nuestra casa, quienes están en el centro de toda propuesta Salesiana: los muchachos desde el 1907 y las chicas desde el 1985.

Son tantos que no los puedo contar. Están desde los primeros 27 alumnos de 1907 a los casi mil del año 2001. Los veo en grupos, jugando, celebrando su fe, estudiando, siendo acompañados por Educadores y compañeros. Veo a las familias de las que provienen esos chicos, y recuerdo aquella frase de Don Bosco: «Casa chico que ingresa en una casa salesiana viene de la mano de la Auxiliadora».

Son cajas difíciles de cerrar; es mas, quedan abiertas...

Veo un cajón con forma de andamio, y entre las rendijas del mismo, contemplo la compra de la primer porción del terreno actual en 1937, la piedra fundamental en 1938, la inauguración del nuevo colegio en 1942, la nueva Iglesia en 1943, la planta alta de Secundaria en 1946; el mástil del monumento inaugurado en 1945, el Cine Maturana en 1954 y los salones de la Primaria en 1964; el saltadero (arenero) a mediados de la década del 70, el viejo Cine Olivos transformado en gimnasio en 1976; las canchas cementadas en los años 1980 y 1997; los laboratorios en 1994; el nuevo gimnasio inaugurado en 1997; veo la cantina nueva del año 1998; ....a lo lejos la Casa de la Tuna, regalada por Apac al Colegio, con ocasión de las Bodas de Plata Sacerdotales del entonces Director, el P.Félix Bruno (1972) .... y mucho trabajo de obreros cuyos nombres la historia no registra, sino que registra sus obras; veo el aporte silencioso de muchas personas, que con su trabajo y renuncias, colaboraron a construir lo que hoy es patrimonio de la Congregación, y es utilizado por todos.

Veo obras proyectadas, las que necesitan de nuestras manos...

Hay muchas cajas en este baúl que no dejan de sorprenderme, y entre ellas veo la que dice Profesores y Maestros, donde un sinnúmero de hombres y mujeres y sus historias se hacen presentes con sólo ver los nombres.

¡Cuántas clases dadas!. ¡Cuántos recuerdos!. Sin duda que quien conoció a alguna de estas personas, el sólo ver un nombre, evocará un recuerdo, un gesto, una clase, una enseñanza.

Y ahí están los Maestros de todas las épocas, los Profesores de cada año; es más, veo a los Profesores de la época en que Maturana tenía Estudios Comerciales.

Veo rostros que están por todos lados en el baúl de Maturana. Son los rostros de las familias. De los alumnos, de los exalumnos, padres que desde el sacrificio diario, desde su aporte espiritual y material, han hecho posible que todos estos hechos tuvieran su destinatario, han aportado la «buena madera» para que desde esta casa salesiana, cada año puedan egresar futuros hombres y mujeres, buenas personas que necesita nuestra sociedad.

Escondido me llama la atención ver un cartel con el nombre de "Francisco Bauzá".

Al indagar un poco más, me entero que nuestro Colegio, "San Francisco de Sales", lleva este nombre en honor al ilustre ciudadano Bauzá.

El mismo nombre del ilustre ciudadano uruguayo y del Patrono de los Salesianos hizo que el nombre del Colegio fuera el del Santo.

Pero, ¿por qué se llama Maturana? La explicación está en la calle en que se ubicó el Colegio en sus primeros años de vida (calle que aún existe en parte).

Conforme el Colegio comenzó a tomar «buena fama» se lo fue conociendo como el "Colegio de la Calle Maturana".

¿Quién era Maturana? Leyendo datos sobre el nomenclator de Montevideo, encontramos que la familia Maturana, era una tradicional familia que tenía una gran quinta en esta zona, que abarcaba terrenos en los actuales barrios Bella Vista y Arroyo Seco, y por ellos, una de las calles que bordea la Plaza Cuba, lleva su nombre.

En el rústico baúl que conserva muchas actividades realizadas en estos años, me encuentro con los campamentos en el Arequita, en la Laguna Negra, en La Tuna, los Retiros Espirituales, las giras por el País, los sabatinos, los torneos de Adic, la Liga Norte y la Intercolegial, la banda de música, los scouts, las kermesses de viernes a domingo, la cercana explosión, el Oratorio Festivo, Catequesis Barrial, la labor desarrollada por el Templo, y por donde mire, hay alegría, trabajo, esfuerzo y la satisfacción del deber cumplido.

La satisfacción de sentir que nuestra Obra acrecienta la Obra de Don Bosco en nuestra historia uruguaya.

El tiempo me apremia, vivo en el siglo XXI, no puedo pretender obligarlos a seguir revisando un baúl tan lleno de historia, de vida, de recuerdos.

Por eso me decido a detenerme ... no sin antes reparar en una caja. Está vacía; y desde ella me siento invitado a dejar mi aporte, la porción de vida que colabore a continuar escribiendo la historia.